sábado, 12 de febrero de 2011

Mención de honor, FUNGLODE 2010: "El desyerbe".

(L'Abandon, por Guillaume Seignac)

Por Kianny N. Antigua

Hace tres meses salí con un grupo de amigas a tomarme unos tragos. La conversación, regida por el alcohol, nos paseó por distintos temas: esta ciudad que come almas y envejece rostros, el trabajo, la familia, el esposo, el novio, el tamaño del pene del amante, las posiciones sexuales, qué tanto dura uno o el otro y qué tanto le gusta a la una o a la otra; también hablamos de cuernos, de a quién nos gustaría tirarnos y de pelos. Enfatizo este último tema pues de alguna forma este relato está inspirado en ello: los pelos o la falta de ellos.

La mayoría de mis amigas insiste en lo higiénico, delicado y jovial que se ve una vulva sin pelos. A excepción de mi amiga Sarah, que se rehúsa terminantemente en dejársela calva, y yo que del asunto no sabía mucho, todas confesaron que o se afeitan o se depilan. Al parecer, a los hombres de ahora les gustan los cerros desyerbados.

Con esa idea me fui a casa y por días no dejó de rondarme la tentación de un cambio. A mis cuarenta y tres años he comenzado a echarle la culpa a muchas cosas por mi soledad y, por qué no, al monte sin podar que llevaba entre las piernas.

Decidida, unos días después llamé a mi amiga Jenny para que me diera el teléfono de la muchacha que con tanto afán ella recomendaba. Con lo torpe que soy, ni siquiera consideré la posibilidad de afeitarme. Me dio miedo (además no creo que la afeitadora habría aguantado).

Lista, positiva y con ganas de levantarme el ánimo y a un hombre, me reuní con Miguelina en su Spa. Luego de esperar unos minutos, ante mí apareció una mujercita delgada, de sonrisa coqueta y mirada maliciosa. Me condujo hacia un cuarto donde apenas cabía una cama, una mesita atiborrada de artefactos, un espejo, ella y yo.

—¿Qué te vas a hacer? ―me preguntó, y yo, después de aclararme la garganta, le dije que algo que no me había hecho nunca.

Brazilian Wax! —replicó sin chistar y yo respondí que sí con un avergonzado gesto de la cabeza—. Quítate toda la ropa ―ordenó―, engánchala en esa percha y ponte esta toalla por encima. Yo vuelvo enseguida —dijo, antes de salir de la diminuta habitación.

Ya desnuda, me acosté en la camilla que se dejaba arropar con un papel blanco y ruidoso. Traté de cubrirme las partes más notorias con la toallita tosca, la cual, había sufrido muchas lavadas y no era lo suficientemente grande para dicha tarea, así que me tapé de la cintura hasta la mitad de los muslos y me cubrí los senos con la blusa.

La mujercita regresó y me miró de reojo con aire satisfecho. Mientras se ponía unos guantes plásticos (acto que me recordó una película de terror), me advirtió: «Si es la primera vez, te va a doler». Y sin dejarme decir palabra, continuó diciendo que no me preocupara, que eso iba a ser sólo esta vez. «Ya luego ni lo sientes. Además, vas a ver lo finito que te comienza a salir el vello después de un par de depilaciones más. Va a llegar a un punto en que hasta te deje de salir pelo», aseguró.

Miguelina, entonces, revolvió un poco los utensilios que se confundían en la mesita y, como quien recoge algo que se ha caído al suelo, removió la toalla que me cubría y en su cara se vislumbró una sonrisita pícara. Maliciosa. Yo me senté de golpe pero ella, con sus pequeñas manos, sujetándome los hombros, me recostó otra vez y me prometió que todo iba a salir bien.

―Tú no pareces cobarde. ¿Eres muy llorona? ―preguntó.

Aún con los ojos azorados, le dije que llorona no, pero que gritona sí. Me pidió que abriera un poco una pierna y con sus manitas peinó el pelaje enmarañado que cubría mi sexo. Con un palito de madera, movió la cera que reposaba en un cubito sobre la mesita. La sopló un poco con la boca y, con una mano sobre mi monte, embarró la cera tibia entre muslo y vulva. Luego me pegó un cuadrito de tela blanca y entre conversaciones insípidas y miradas de suspenso, Miguelina haló la tela y con ella desprendió un paquete de pelo. Solté un grito que brotó de mi estómago sin contar conmigo.

Al instante, Miguelina comenzó a darme palmaditas en el área afectada y se acercó para soplarme, con una ternura estremecedora. El dolor, a pesar del cariñito, fue descomunal. Yo no he parido, pero me fajaría con cualquier mujer que me dijera que esos jalones no duelen tanto o más que un parto.

Miguelina repitió su maniobra unas tres veces. En un instante en que me asfixiaba, me senté y entre gemidos le dije:

—¡Caramba, dame por lo menos un vaso de agua!

Ella volvió casi enseguida con un vasito plástico rebosado de agua. En su ausencia, usé la toallita para secarme el sudor frío que chorreaba por mi frente y por debajo de mis senos. También aproveché el minuto a solas para cerciorarme de que la mujer, la cera, el cuadrito de tela y los jalones no me hubieran arrancado un pedazo de labio.

Después de tomarme el agua, le confirmé con la vista a Miguelina que estaba lista y ella, con su típica sonrisa malvada, me preguntó si yo iba a seguir gritando. Yo, medio enojada, le respondí que sí. Ella rió y me dijo que no me apurara, que en la frente dolía más que en el resto del monte, y añadió que yo me había estado portando muy valientemente. Comenzó entonces a contarme la historia de otra chica que simplemente no aguantó la agonía y se fue con medio pajón desyerbado.

Después de acabar con las zonas aledañas, la mujercita me mandó, a la franca, a que me agarrara el clítoris y que lo echara para el lado izquierdo. Habiendo obedecido, ella repitió el ejercicio del palito con la cera con la tela y ¡zas! Yo repetí el grito y la incertidumbre me volvió a invadir. «Ay Dios, y si esta mujer me desprende una bemba», pensé. Palmadita, sopladita, sudor, comprensión. Miguelina se me acercaba tanto y con tanta ternura que llegué a sentirme más que su clienta, su amiga.

Cuando mi Migue terminó, o por lo menos eso pensaba yo, cogió unas pinzas y, pelo a pelo, comenzó a desenterrar las dudas. Yo, con miedo de mirar para abajo, palpé donde una vez hubo pelo y encontré una superficie sedosa. La suavidad me transportó a mis años de niña cuando mi sexo era aún una sabana virgen.

—Diablo, lo que uno hace por un hombre —dije entre suspiros.

Migue me preguntó si yo era casada y le dije que no, pero que tenía una cita con un galanazo que me traía loca y que no quería que, como tantos, se fuera decepcionado.

—No te apures, negra, que cuando tú salgas de aquí, con ese nuevo look, va a haber que despegarte a los machos de encima.

Migue me echó un poco de talco y me frotó con una confianza que aún me sorprende. No habiendo sido suficiente, me dio una palmadita en el muslo y me dijo: «voltéate».

—¿Que me qué?

—Que te voltees, que falta la parte de atrás.

Para mi placer y culminación de pesares, Migue me ordenó, del mismo modo que lo hiciera con el clítoris, que me agarrara un cachete. Agarré el derecho y levanté un poquito las caderas para facilitar así su trabajo. Procedió después a pasar el palito caliente de esquina a esquina, vertical, y luego desprendió la telita. «Ese fue el verso que salvó el poema», pensé. A diferencia de lo que había estado pasando por los últimos veinte minutos, este último halón tuvo su encanto. Migue removió un pelito por allí y otro por el otro lado, puso polvo, acarició y me anunció que lo peor había pasado. Seguido, me depiló las piernas y las axilas y, efectivamente, nada jamás se pudo comparar con lo primero.

Cuando hubo acabado, me auguró suerte en mi cita y salió para que yo me vistiera. Inhalé y exhalé en algunas oportunidades y me vestí, no sin antes palpar la suavidad y la vigencia de mi recién descubierta parte.

Salí, le pagué a la recepcionista y le di una propina sustanciosa a mi querida Migue. Prometí regresar en tres semanas para repetir el suplicio y, de ese modo, no dar cabida a otra cosecha innecesaria de pelos.

Todo el camino a casa me concentré en sentir cómo el pantie rozaba mis labios y aunque dicha sensación era completamente nueva, la sentí tan mía como lo son mis ojos y mi lengua.

Al día siguiente me reuní con mi enamorado, quien, después de una cena opulenta y una suma cuantiosa de copas de vino, me guió hacia una habitación de motel barato. Allí, la ropa cobró vida propia y se alejó de los cuerpos.

En pocos minutos, el hombre me tenía tendida en la cama y, después de besar un rato mi boca, manosear un poco mis tetas y babosearme el ombligo, metió su cabeza en mi entrepierna y en segundos sólo pude ver su frente, su nariz y sus manos peleando con mis gruesos muslos. Luego subió y me penetró con suavidad. El pobre hombre no tardó en deshacerse. «Me sacaste el alma», me dijo y, poco después, miró decepcionado mi sexo.

―¿Pasa algo? ―le pregunté, un tanto desconcertada.

―Lo tienes muy bonito ―confesó un tanto timorato―. Pero yo los prefiero peludos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Catequesis del íncubo


(Chiqui Mendoza: La Maga del paisaje)

Por José Acosta



Ese resplandor de lo que huye


Ojalá haya suficiente espacio
para esta vida

Sharon Olds




1


Hay un lugar sin luz donde las tinieblas terminan.
Es el reino de los Tirriantes Boé, en sus montañas
fabrican nuestras sombras, la vaca perdida del abuelo
pace allí. Allí está el lápiz que jamás encontraste,
los sueños olvidados, el rostro de los que se devuelven
a hacer asomo. Un espejo de madera seduce sus
distancias, atrae a esa mujer hermosa que muere
antes de tiempo y que a la orilla de la carretera
se materializa dando besos. Los hijos que tendrás
crecen en sus lejanías y juegan con tus presentimientos.
Jamás creas que tus gritos se gastan, no; allí tus gritos
continúan como un chorro de agua, y las palabras
se acumulan como en las cintas magnetofónicas.
Todo lo que pierdes descansa allí unos instantes.
Hay un ruido salado en sus rincones, un ataúd
impaciente, y el cencerro de la vaca de mi abuelo
entre las flores. Es un lugar distante que empieza justo
en la punta de los dedos.


2


Llegar al final de algo que jamás comenzó;
salir del cadáver ignorando qué fuimos;
entrar al mundo por primera vez como una raíz;
inventar la pared, las redes, las manos,
el humo allá adelante, de todas las ciudades.
Recibir lo mirado como una destrucción;
piedra sobre piedra olvidar las pisadas:
equilibrista que sobre lo azul se balancea,
palabra desgarrada dentro de un grito.
El abismo es la entrada rota a mi destino,
presiento mis huecos dispersos en el aire,
el sol de mis sentidos apagado en mis sueños.
A tientas he entrado, mudo, temeroso;
toco las orillas que aseguran mi cuerpo,
el lastre de sal que corre por mis venas,
la entrada sucia de mi boca muerta.
Apagados los ojos, rota la semejanza;
la vida da tumbos entre rejas yertas.


3


Es humana la fe que me sujeta,
nube de polvo que flota a la deriva
de la voz materna.
Un tumulto de rencores me ensombrece,
me mueve la mano que asesina, la boca que besa,
el cuchillo que se hunde como un grito,
el disparo que siembra un silencio.
Mas no es mi alma un sitio donde ponerme a salvo,
la eternidad es peligrosa más que mil infiernos,
la eternidad es una cárcel, ya conocéis la historia,
aún siento en la espalda el fulgor del Paraíso;
mi rostro de sangre asaltado en los caminos,
mi hermano más hermoso talado en mi mirada.
Confuso laberinto el recuerdo más dulce,
la imagen con la que rehacemos a nuestra madre
sin poder cerrarle los abismos.
De día vago con mi conciencia rota,
de noche todo el porvenir me es poco.


4


Una serpiente enreda mi mentira;
mi alma despoblada sale a flote,
a dentelladas destroza mis paredes.
Deslizo mi pertinaz sabiduría, mi palabra
se ahueca hasta mancharse de rojo, hasta caer
hendida entre mis dientes.
Un calor de paz me atemoriza, mi destino
es perecer en las redes de una oración.
Busco la luna que cayó en la arena
aquella tarde de resplandores tormentosos
en que la Tierra extravió su ruta y volando
retornó a mi Era. Esa luna es mi salvación,
es un tiempo que en el olvido permanece,
antes de nacer, en el espacio oscuro,
cuando todo se presiente, todo se figura,
todo se supone, hasta las llamas.
Cada cual está sujeto a una rueda eterna,
la mía es la luna, la luna caída.


5


Sospecho que ese brillo es mi mano,
lejana, en las aldeas, en los ojos de las fieras.
Con aire y círculos la noche se alimenta;
en el buril del sueño ladra mi cuchillo;
mi dedo me señala y me persiguen;
la uña es un oráculo traicionero que en la pared
dibuja el mapa que me contiene.
Escucho a los cazadores que incendian mi secreto
desarmando la brújula de mi corazón.
Mi yo está hecho de la maldad más pura,
mi rostro angelical torcido hacia la nada,
mi cuerpo encorvado hacia lo inexistente.
El final de la madrugada es un velo hermoso,
allí me arrodillo, allí clamo,
allí mi dios me odia hasta cerrarme su alma
en el redil donde descansan las ofrendas:
los toros más esbeltos, los inocentes cervatillos,
y la respiración del fuego.


6


Cuando te abandonen, cuando se hielen tus manos
y ya no respondas al teléfono
y en tu sillón favorito te empieces a podrir
con el televisor encendido, yo estaré ahí, a tu lado,
ayudándote a comprender, a aceptar el vuelo.
Buscaré tus sandalias favoritas en el desorden del armario,
abriré una brecha en tu pasado para saber tu nombre,
sólo para eso, porque ciertamente ya tú no eres ése
que anduvo en tu cuerpo, que vivió tu vida,
que alguna vez tocó la noche. No; ése ha muerto.
Tú eres siempre lo que serás, el que se rehace frente a ti
y huye hacia otro más distante.
Toma mi mano sin temor,
aunque nada recuerdas eso que aparece en la ventana
es el mundo; escucha las sirenas, las pisadas.
Ahora vamos a cruzar por la luz; mírala bien
que de ella está hecha la memoria
y ese mundo que ahora te desgarra.


7


Seguro has reparado en que algo te falta.
La mañana es un vacío enorme
y algo añades al mundo al abrir los ojos.
No sabes ciertamente qué extrañas,
eso inaprehensible, esa pieza extraviada del rompecabezas,
alguna puerta cerrada.
Pero sabes que eso te acompaña;
está ahí en la punta de la lengua,
en el recodo oscuro del zapato,
bajo la tela tenue que es la memoria.
A veces lo olvidas y vives plenamente;
sales de tu casa al despuntar el alba,
pero al entrar a la ciudad eso muerto resucita,
te deteriora por dentro, por fuera te lastima,
lo presientes a tu lado
como una cavidad de la vida,
intangible como los presentimientos.
Quizás has pensado en que es a ti a quien extrañas.


8


De repente un golpe te sacude,
te obliga a entender eso cerrado,
a ver como los gatos en la oscuridad.
Todo estaba ahí, justo ahí, tan cerca
que resulta increíble que desconocieras sus orillas,
su reluciente sima, su red de sentidos
y ese murmullo que de tanto oírse no se escucha.
Es tan duro, tan difícil
aceptar que ahora eso tiene significado,
tiene forma asible, tiene nombre,
que vuelves el rostro con un intento trunco
de ignorarlo.
Es que eras tan feliz cuando no lo entendías;
es que era tan agradable imaginarlo,
que ahora, al tenderlo en la razón, al tocarlo
se te convierte de pronto en algo tan nimio
que el resplandor de la pena te evapora,
te convierte de pronto en cualquier ser humano.


9


Has envejecido de repente,
entre ayer y hoy han pasado los años,
los médicos le llaman amnesia, amigo,
pero en ese tiempo ¿dónde habías estado?
En qué lugar tu espíritu extravió el camino,
qué potro domaste en esos territorios
con el cual viniste de regreso, abandonándolo sudoroso
del otro lado.
Nos dijiste que tomaste un tren, que llegaste a una
ciudad lluviosa donde las aves refulgían
como el fuego
y caminaste por su única calle
hasta un declive donde los hombres esperaban
por turnos entrar hacia la noche.
Para ti fue breve esa travesía, apenas
unos instantes, pero ya ves amigo mío,
la eternidad, con sólo rozarte,
te ha despedazado.


10


Acabas de salir del tiempo.
Tus manos tocan algo suave como una lágrima,
algo que sabes infinito
como la raíz de un árbol deshecho,
como un susurro subterráneo.
Es una hendidura dividiendo en dos tu sombra,
agrietando tu cáscara,
llenando tus visiones de cenizas,
borrándote,
limpiando tu memoria.
En un instante habrás olvidado lo que eres,
le temerás a tus sentidos,
al roce de tu propia mano.
Es tan seductora esa energía que te invade,
es como si fueras líquido
y de repente te derramaras llenando los espacios
intermoleculares de la tierra.
Es como si a la misma vez fueras todas las cosas del mundo.


11


Creer que somos más inmensos,
que alguien del infinito se acuerda de nosotros
y nunca olvidará venir a recogernos.
Que esta nube, estos árboles, es sólo cruzar
por un puente.
La distancia como un truco de espejos
y el océano una lágrima en los ojos.
En cualquier lugar las cosas nos mienten:
el portal que impide el paso a la tarde,
la luna muerta con una bandera en el pecho,
los satélites que atan nuestras voces.
Creer bajo la loza que no lloverá
y que las flores no pesan.
Que aún nos queda un cigarrillo antes del amanecer
como asegurándonos que también somos
sobrevivientes.
Que algo bueno traerá el mañana
en este billete de lotería.


12


Escuchas que te llaman desde donde
llamaron a Samuel.
Es un estruendo de aguas, la voz que al entrar,
al tocar lo finito, al chocar contra lo perecedero
se gasta antes de ser comprendida.
La eternidad no encaja en estos rincones
y al partir deja su mancha fosforescente en las cortinas
y ese presentido nombre con el que te levantan
desde una región olvidada.
Algo te dice que no sueñas,
que han llamado tu alma con un nombre líquido,
quizás con su nombre verdadero.
Te yergues y respondes; en tu cuerpo los susurros
como hormigas te dispersan
en las sedas de la noche.
Entrará a buscarte con una lámpara la mañana
y quizás te encuentre ayer
u hoy hecho jirones.


13


Golpeabas las piedras, los metales como exigiendo
una explicación.
Qué desolación, qué desamparo,
qué transparente horror no sentir nada.
Sólo sabes que allá adelante te odian;
allá, detrás de la luna.
Nadie te necesita para iniciar un Reino,
para abrir un camino de lágrimas,
para descifrar un murmullo.
Todo ha podido ser sin ti:
la piedra del abismo, el suicida que interrumpe
alguna reunión celestial,
el dios que desde la lámpara devora insectos.
Todo calla a tu paso
y aún no te has convencido
de que ese silencio es tu no-ser,
de que en realidad
no existes.


14


Allá adelante el futuro te reclama.
Tienes la certeza de que podrás llegar,
de que una mano misteriosa sostendrá el puente
que a cada paso tuyo se desmigaja.
Es una sensación extraña, es tal vez
la vida que emana de ti como un incendio
y te proyecta lejos, en alguna profecía.
Cómo escuchas tus pasos en lontananza,
tu voz alcanzando las palabras que emitirás,
y eso que retrocede agrandando la existencia.
Un oscuro revoloteo de ángeles
llena tus ojos de una clara claridad,
de ese viaje hacia el inicio del tiempo,
hacia la primera Voz
de la Creación.
No vuelvas el rostro en este instante supremo,
podrías ver tu ciudad destruyéndose,
frente a la estatua de sal de una mujer hermosa.

lunes, 26 de abril de 2010

La Infinita Cicatriz

(Andrew Wyeth: El mundo de Cristina)


Por Eduardo Lantigua

A Blanca, in memoriam

Ese mundo profundo,
donde yace la brevedad vencida por el desamor.

Había estado mirando el cuadro de la pared: El Mundo de Cristina, de Andrew Wyeth, que en este caso realmente no era más que una copia desatenta: Con el rostro oculto detrás del cabello moviéndose al viento, la delgada figura que se arrastra impulsándose con los brazos, le golpea desde ese paisaje inválido de luz plana, bajo la sorda desolación de la vieja casa en la colina.
Fuera de la niña, todo era estático: Sólo ella, melancólica y jugando en el piso, certeza hoy de ese mundo profundo donde yace la brevedad vencida por el desamor.
Desde la oscuridad sofocante de la noche, arrastrándose, el aire espeso y húmedo penetraba por la persiana abierta; donde hacía horas que la música insistía en el dolor, fluyendo alrededor del contorno de Isadora (como animal que chapoteaba en un espacio sofocante de designios y despojos), penetrando los resquicios de su desgarramiento, en tanto que ella seguía tirada en el mueble, el cuerpo abandonado, luchando contra el sueño, sosteniendo el álbum de tela azul en su regazo. En el rostro agotado y triste se le veía la palpable huella de la celada hecha por la melancolía. Era una mujer vencida por la nostalgia.
La vio rodar desde el álbum como espejo que cae devolviéndonos con el desgarramiento el rostro fragmentado o rama simple quebrada del árbol. Era la fotografía y su abismo.
Aquella fotografía que se deslizaba, despedida que toca el desamparo tierno del amor, batiendo sus alas sobre la línea del horizonte, poniendo la certidumbre, para que Isadora vea la visible pero intocable realidad de estos mundos, dos mundos que se sostienen en los extremos divergentes del amor, desde una misma raíz: Como dos alas.
En ese instante en la estrecha soledad, junto a la niña, sólo se mueve un dolor tibio que me araña el pecho, cuchillo caliente que me agota la herida, el pájaro que dentro me aletea contra el fondo de símbolos y ruinas, aquí donde la postración me insiste, donde no ha dormido más que el polvo, cenizas húmedas dejadas por tus alas, aquí donde mi culpa caliente se disuelve llenando el espacio dejado para el olvido, como una confesión que sólo palpan las paredes.

No debieran empujar
a que el hombre o la mujer sea un animal triste.

La niña corrió a levantar la fotografía. A sus seis años, su rostro tierno lucía anhelante, melancolía profunda que esperaba la llegada con sus manitas apacibles. Isadora la miró desde el mismo centro de su pecho por donde fluye infinita la cicatriz del recuerdo.
El aire seguía húmedo y estancado y no olía a nada. Sobre el piso y contra la pared, la silueta proyectada de Isadora tenía aquella apariencia serena de una ciudad dormida, reposada en la noche. Hacía tan solo un día que había cumplido treinta y dos años y parecía más vieja. En su rostro, alrededor de los ojos vencidos, unos párpados grises denunciaban leve el desamparo de un cuerpo que había perdido las formas rígidas y de carne dura que tiene una mujer fresca y joven para la fantasía.
La música, impecable, laboriosa, como blanco cuchillo para la angustia, seguía acomodando alrededor de la fotografía el perímetro agudo del abandono y la memoria.
Fue así como lo vio casi igual que todas las noches, sentado en su sillón de cueros, oyendo su música o leyendo, en pantalones cortos y una de sus camisetas preferidas, con tebeos de Mafalda dibujados por él mismo y pintados con colores fríos. Lo veía sonreírle o comentarle la canción o el libro: Que fíjate amor, olvidan que el hombre, vigilado por la muerte, chapotea en el perímetro invisible de la vida, buscando siempre el hilo delgado entre el ser y el no ser que conduce a la felicidad: Que ven y lee esto, mi amor, aquí están las huellas de la búsqueda de un contexto infinito, donde los niños no corran el riesgo de que su talento dependa, para su desarrollo y alegría, de las posiciones alcanzadas por sus padres: ¿Te fijas?, acceder a la dignidad de sapiens en un mundo justo y con sentido: ¡No mi amor, esto no debe ser! Que esta eficiente tecnología dirigida a matar mejor: Que este lodazal de las doce entre los dientes es la razón de la rabia: Que el orgullo, el desprecio, el odio y la sangre, ¡no joda, ombe! No debieran empujar a que el hombre o la mujer sea un animal triste.
Y dejaba de comentarle la canción o el libro y se aproximaba y la besaba en los párpados como a una planta celosamente cuidada, abonándole de cerca la ilusión que entonces se le expandía por el cuerpo hasta tocarle lo más recóndito de su dicha.
Lo veía acercarse a la niña, inclinarse sobre su espalda, las manos apoyadas sobre la mesa y poniendo el rostro pegado a su carita, mirándola garabatear sobre el papel: ¿Hiciste tu tarea, mi amor? A ver, ¿quieres que papá te ayude? ¿Sí?
Y mirándolos, Isadora se veía sonreír. Y el aire entraba y era diferente, es decir menos húmedo, o no sé, te veo sonreír después del beso, tus dedos recorriendo mis pechos, tus manos calientes como panes tibios sobre la huella de la certidumbre, donde se palpan los anhelos; de nuevo tus dedos formando la cascada ahora caliente que penetra estos resquicios; una cascada de paloma que se inicia tibia hasta alcanzar la llamarada, alas de la promesa. Porque tú eres ese otro mundo donde el espacio y el tiempo ordenaban cuidadosos la alegría de ayer.

La última partida.

Miró el reloj: Las diez de noche. Y se preguntó para qué sirve el tiempo cuando puñales clandestinos nos vigilan el perímetro. Cuando una fotografía sigue, como si estuviera viva, entre los muros de su abismo, lacerando, cómplice del tiempo, este costado vencido. La niña levantó la fotografía, en tanto que Isadora, desde sus escombros, miró aquellos ojos tiernos y húmedos.
—Ven, abotónate la blusita —le dijo tiernamente—. Te vas a resfriar.
La niña trató y no pudo.
—¿Quieres ir al baño? —le preguntó por decir algo. La niña dijo no moviendo de un lado a otro la cabecita y el rostro se fragmentó a todo lo ancho de un sendero oscuro y frío donde chapoteaba cada recurso de la memoria. Isadora la levantó entre sus delgados brazos y trabajosamente caminó hacia el mueble, donde se sentó y le acarició suave la espalda a su niña.
Debajo de los dedos sintió el cuerpecito blando y triste.


Estas manos no tocan la puerta para entrar,
la tocan para salir.


Sintió los espasmos en el cuerpo de la niña, y cuando le levantó la cabeza, sufrió entonces las lágrimas rodando por el rostro. Se miraron buscándose en los ojos algún signo que espantara aquella fría melancolía, y súbitamente se abrazaron. Las manitas de la niña le rodearon el cuello mientras estallaba en sollozos.
Isadora sintió el chorro caliente que le llenó el corazón, y el aire húmedo y estancado le apretó aún más la garganta. “No llores, mamita”, dijo amargamente. “Él te quiere mucho y regresará”.
Miró entonces el estante con los libros como un recurso para que la niña no le viera los ojos y agregó:
—Te ayudará con la tarea. Te dibujará muñequitos de Madalda
Lo dijo mientras el sudor le quemaba las manos, sin saber qué de cierto tendrían estas palabras, porque ahora, en este instante, sospechaba que esta circunstancia no era más que el extremo de un deseo inútil que abrigaba su débil corazón.
—¿Quieres ir al baño? —preguntó de nuevo por decir algo. La niña dijo no con la cabecita, inclinándola primero para mirar los ojos oscuros de su madre y luego hundirla en su pecho.
Isadora secó el sudor de sus manos mientras el aire seguía húmedo y estancado y no olía a nada, y la oscuridad sofocante amenazaba breve por la persiana abierta, por donde sólo entraba el batir y murmullo de los escombros de la noche.
Sus ojos negros eran grandes para el dolor y reflejaban un sufrimiento sereno y triste, pero definitivo. Le sorprendió la persiana abierta por donde entraba, ahora, la total oscuridad junto al aire tibio, confabulándose con la música que seguía persistente, pasando de la angustia del dolor a un dolor reposado en el amor: Tú seguías insistiendo y yo trataba de meter las piernas en la falda. Pero no. Sobre la cama la blusa negra: Ya te lo decía, ahora no, vamos a llegar tarde, en el oído no por favor, no me toques ahí que tu sabes cómo me pongo, mira como se me pone la piel, no jodas ombe, saca la mano, ahora no, cuando regresemos, hoy es viernes y tendremos toda la noche, tenemos que irnos, mira el reloj: Y por su culpa, salía tarde y yo le seguía corriendo con el bolso en las manos, como una uva bajo la lluvia, toda mojada de amor.
Decidió acostar a la niña que dormía en su regazo, y, moviéndola hacia el hombro, no supo entonces realmente si había sido la música o la foto que resurgía desde el fondo de su abismo, lo que súbitamente se clavó en su pecho.
Sintió de nuevo la inútil fatiga en el corazón.
Con la niña que dormía ya acomodada en el hombro, Isadora se quedó triste mirando la foto sobre el sillón de cueros. Como tantas veces, lo vio levantarse del sillón, la niña durmiendo sobre su pecho, y atravesar la habitación caminando en las puntas de los pies, silencioso, con la mano izquierda sobre la cabecita dormida. Isadora le sigue despacio con sus grandes ojos negros y él, como si sintiera el trotar de la mirada, voltea la cara, se pone un dedo atravesado en la boca en señal de silencio, hasta perderse detrás del marco a la puerta de la alcoba, porque siempre la dormías y luego la acostabas tiernamente, y hacías lo mismo, porque siempre que la acuestas haces lo mismo: Ella duerme y tú pides silencio, porque así era él, porque así eres tú, siempre pedías silencio, porque así eras tú y yo sonriendo en el marco de la puerta estúpidamente, como una uva, borracha de amor.

El amor distingue otras memorias.

Se levantó y subió ligeramente el volumen a la música. La melodía le recorrió el corazón de arriba hacia abajo. Muy dentro, desde el fondo de otras noches de besos y quejidos felices, se desbarató el tiempo. No entraba más que la soledad a ese mundo paralelo, donde el aire denso palpa un sentimiento mezcla de renuncia y melancolía. Este mundo donde el amor no alcanza su verdadera forma de presencia, donde palpan absurdos la existencia por los latidos, la felicidad por la risa, donde absurdos palpan la culpa en el error, y la angustia de la soledad es un desgarramiento que bien puede, ante la mirada indiferente, reventarnos la piel como animal que nos ha venido comiendo el pecho por dentro; este mundo, donde el dolor es la presencia del vinagre y la espina en la carne viva, tus pasos quedamente lacerantes, transparentes, que se devuelven, desde el fondo de las cenizas.
“No llores”, dijo con voz tierna pero ahogada. La niña movió la cabecita y extendió hacia ella la fotografía. Siguió recostada en su pecho. Y sintió el hueco muy dentro por donde se le entraba zigzagueando una pena de barro y lodo húmedo como en aquellos tiempos de la lluvia de Mayo.
Isadora miró el reloj: Las dos de la madrugada. Agobiada por el calor lo recordó esta vez, recogiéndole el pelo sobre la nuca mientras le besaba los párpados, y se preguntó de nuevo de qué sirve el tiempo cuando puñales persisten en su vigilia al perímetro. De qué sirve torear la vida si es que siempre la realidad nos llega por la espalda con sus cuchillas afiladas en el equilibrio inútil. Cuando de todas maneras llega con su legión insospechable de nada. “¡Nada, eso es lo que es! ¡Pura nada!”, se dijo, y los ojos se le nublaron por las lágrimas y la rabia.
Isadora limpió el rostro a su niña y le acarició el pelo y luego la arropó suavemente. Después de mirarla, salió caminando con dificultad, arrastrando la pierna derecha, haciendo un esfuerzo que no dejaba rastro en su rostro.
Se sumergió en el aire espeso y húmedo de la sala y luego se detuvo en la persiana abierta. Afuera, al fondo del edificio, un retazo de luz sobre la acera desolada le mostró un trozo de papel que el aire movía a su albedrío. Y se preguntó si no será el desamor un trozo de papel arrastrado por la angustia. Si no sería ella ese trozo de papel. ¿Qué verdad germina a la salida de unos pasos que cierran la puerta a la ilusión, mientras en un mundo paralelo, invertido, unas manos huesudas y desoladas tocan la misma puerta desde adentro, si desde adentro, cuando es mayor que su angustia su inmensa tristeza por salir? Porque ahora estas manos no tocan la puerta para entrar sino para salir.
Había levantado la fotografía desde el sillón y la miraba penetrante. Se había sentado en el mueble. Al fondo, El Mundo de Cristina, de Andrew Wyeth, como la celada de la tristeza. Miró de nuevo la foto donde el abismo tomaba la forma del llanto. En el sofá, él sentado serenamente, leyendo después del beso, y ella con el dolor apacible, con su nostalgia en otro abismo, y la niña sonriendo a tu lado, frente al televisor, y yo aquí conectando el mundo, los mundos, como un maniquí al cual el tiempo le comió el pecho por dentro, redescubriendo, tratando de llenar este abismo, aquí, con mis cenizas calientes corriéndome por dentro, pero sabiendo para la vida que la realidad existe y por eso también golpea, que el amor no es un eterno regalo del cielo, sino que somos un regalo efímero del amor, como decías. Aquí, en el breve espacio en que no estás, insistiendo con tu canción preferida, pero recordando también lo que me enseñaste para evadir la pura mierda, como decías: “Pase lo que pase, la vida es siempre reparable, amor mío”. Aquí, sabiendo que el amor distingue otras memorias, aunque confiese que existe la angustia en el fondo de una pena que se arrastra entre las paredes del mundo.
Isadora levantó el rostro con dignidad y se secó las lágrimas con el reverso de sus manos huesudas. Y sintió entonces el pálpito de la certeza de que jamás habría de olvidar aquella noche triste, “no por triste, sino por definitiva”, le diría, muerta por la risa y con un trago de ron levantado al frente de sus ojos, en un brindis, muchos años después, a Tomico, su hija (Jajajajaja, que también se moría por la risa).

(Del libro de cuentos La Infinita Cicatriz)

miércoles, 14 de abril de 2010

El pez de Ramón

(Théodore Géricault: Study of Hands and Feet)


Por Kianny Antigua


Lo vi por primera vez en una visita que le hice a su mamá. Tomada del brazo, Ramón me llevó a su cuarto y, con gran entusiasmo, me paró frente a su gran pecera.
—¡Es un Arapaima y crece hasta más de cinco metros! —me dijo. Yo no le vi nada de especial. No era como los demás peces de colores que tenía por toda la habitación. Me pareció un pez sin gracia alguna: gris, largo y bocón. Pero, contagiada con su algarabía, saqué mi celular y calculé cuantos son cinco metros en pies. ¡Dieciséis pies! Son como tres personas como yo, le dije en voz alarmada. El rió y continuó su presentación:
—Es el pez de agua dulce más grande que existe, vive en el Amazona y puede respirar como los humanos. ¡Es un pez prehistórico! —me explicó.
Yo, con los ojos de luna e impresionada hasta los tuétanos, le hice todas las preguntas que en el momento me llegaron a la mente: ¿Cómo lo conseguiste? ¿Cuánto te costó? ¿Es legal? ¿Qué come? ¿Cuántos se come? ¿Cuántas veces al día? ¿Qué edad tiene? ¿Qué va a pasar cuando crezca?...
—Lo compré por ciento cincuenta dólares ―me respondió, ufano―. Creo que no es contra la ley tenerlo de mascota. Se come como veinticinco peces de colores al día, que equivalen a unos cinco dólares. Debe tener cerca dos meses. Voy a comprar una pecera más grande o tal vez decida venderlo. Con dos años y dependiendo el tamaño puede llegar a valer hasta dos mil dólares.
En ese momento su mamá entró a la habitación y lo interrumpió para añadir que cinco dólares diarios por dos años era más de lo que él pensaba ganarle a eso; sin tomar en cuenta que conforme el pez fuera creciendo, comería más.
Ramón no volteó a mirarla. Ella me llamó y me dio el recado que debía llevarle a mi abuela. Iba de salida cuando Ramón, casi gritando, me dijo que su Arapaima podía llegar a pesar hasta trescientos kilos.
Sonreí y le dije adiós. Luego, mientras bajaba las escaleras, me detuve a calcular cuánto son trescientos kilos en libras. “¡Pero eso se come una persona y se queda con hambre!”, me alarmé.
Unos meses después, en el autobús, me encontré con Ramón. Me lo topé de frente y no lo conocí. Si no es porque él me saluda y me recuerda su nombre, hubiese seguido pensando que era un tecato cualquiera. Tenía abundante barba y se veía muy consumido y descuidado. Sin embargo, se notaba tranquilo. Me dijo que ya le había comprado una pecera de mayor tamaño a su Arapaima. Traté de imaginarme qué tan grande podía ser. La pecera anterior ya era bastante grande. Le pregunté si aún tenía sus otros peces pero ya no le dio tiempo a responderme y, si lo hizo, no lo escuché.
Ya en casa, le hice el comentario a mi abuela de lo desaliñado y estrafalario que había encontrado a Ramón, y ella me dijo que era, quizás, porque su mamá estaba muy enferma. La señora llevaba semanas sin poder caminar por una afección en la espalda; Ramón tiene hasta que bañarla, comentó.
Me sentí tan mal que decidí visitarlos y darles la mano en lo que pudiera. Sólo podía imaginarme lo difícil que debía de ser para él llevar el control de su casa. A pesar de que somos de la misma edad, Ramón no es muy astuto. Su mamá parece su abuela y siempre lo anda mangoneando. Nunca ha trabajado y nunca le he conocido una novia, ni he escuchado rumores de un novio. No sé, es raro el pobrecito de Ramón. De todos modos era mi, que sé yo, amigo y no podía dejarlo solo en estas circunstancias.
Hice planes para ir a su casa en mi próximo día libre. Y así lo hice.
Encontré la casa hecha una pocilga acuática. ¡Qué asco! En la sala y el comedor ya no cabían las peceras. Sobre la mesa de comer había siete, cada una con un día de la semana escrito en el cristal, llenas hasta la madre de peces de un color distinto al anterior. Ramón leyó en mis ojos mi asombro y me dijo que le gustaba variarle el postre a su Arapaima.
Entré al cuarto de su mamá y traté de organizárselo lo mejor posible. La señora lucía tan demacrada como su hijo. Le prometí que volvería y salí rápidamente de allí.
Al ver que me dirigía a la puerta, Ramón me agarró por los hombros y me guió hasta su cuarto.
—No puedes irte sin verlo —dijo sonriendo.
¡Di-os! La pecera era gigantesca. Casi salgo corriendo del espanto. El pez estaba más grande que yo. ¡Qué horror! Me dio la impresión de que me tragaría. Quise huir. Ramón me detuvo y me prometió que no me haría daño. Entonces ganó mi curiosidad. Asomé la cabeza para echarle un vistazo al resto de la habitación; había cambiado su cama King por un colchón inflable y todas sus cosas: ropa, televisor, antigua pecera grande..., estaban arrinconadas a un lado del cuarto. Luego de unos segundos, la sensación de que esa cosa me estaba mirando fue mayor que mi intriga. Salí de allí sin intenciones de regresar.
—¿Supiste? —comentó mi abuela unos meses después―. Se murió doña Marina.
—¿Qué doña Marina?
—Mary, la mamá de tu amigo Ramón. Falleció la semana pasada y le están haciendo los nueve días.
Al oír la noticia creo que me alegré por la señora y le pedí a Dios que le diera descanso a su alma. Esa noche y por tres noches más mi abuela, yo y otras tres gatas del barrio nos reunimos, como pudimos, en casa de Ramón. Las peceras seguían en su lugar, dispuestas por todos lados, y, aunque lo recomendamos, él no quiso que nadie lo ayudara a recoger y mucho menos que guardáramos nada en el cuarto de la difunta.
—Lo estoy renovando —se limitó a decir.
Bajo su silencio se vislumbraba una profunda tristeza. Me senté a su lado todo el tiempo, pero sólo la última noche me dirigió la palabra.
—Si lo vieras ahora —me susurró―, no lo creerías. ―Lo miré confusa y continuó―: Está más grande de lo que pensábamos. Estoy derrumbando la pared que divide el cuarto de mamá del mío para que tenga más espacio.
—Estás loco —le dije—. Vende ese animal y sal de este basurero.
Entonces Ramón me miró fijamente y su tristeza fue todavía más profunda.
—Pensé que tú me entendías.
—¿Entender qué, Ramón? Tu mamá se acaba de morir, tú no tienes trabajo, ¿cómo vas a conseguir dinero? ¿Cómo vas a vivir? ¿Cómo vas a mantener ese monstruo que tienes en la habitación?
—¡Sal de mi casa! ¡Váyanse todos de mi casa!
Ramón comenzó a gritar y a golpear a todo el que se le acercaba. Ya fuera de su vista, algunas dijeron que la reacción del pobre Ramón era normal; otras, que se había vuelto loco de la tristeza y la soledad, pero todas me culparon por indiscreta y mala amiga.
Deseé que su Arapaima me tragara. Me lo merecía. Me sentí tan mal. Todos tenían razón. ¿Quién soy yo para juzgar a Ramón? ¿Quién soy yo para decirle cómo vivir? Ni siquiera soy su amiga. Ni siquiera supe entenderlo ni consolarlo.
Mi abuela se dio cuenta de lo triste que me había puesto y me aconsejó que le diera algunos días a Ramón para que se calmara y que luego fuera a pedirle perdón. Le dije que eso haría, pero la conciencia no me dejaba ni ser, ni estar.
Al siguiente día fui a su casa pero parece que él no estaba. Lo llamé; lo esperé por algunos minutos y nada. El próximo día, igual. Pegaba el oído a la puerta y en ocasiones juraría haber oído ruido adentro; luego pensaba que era su Arapaima nadando en su cuarto o devorando algún pez. La imagen me aturdía y me iba de allí. En eso pasé dos semanas hasta que ya no pude más y comencé a tocar todas las puertas de los apartamentos del edificio buscando respuesta. Preguntaba si alguien lo había visto o sentido. Su teléfono ya no sonaba. La única información que recibí fue de la vecina del apartamento dos pisos debajo del suyo (el de abajo estaba vacío). Ella se quejaba de las goteras que desde hacía unos días no cesaban de caer, al principio en su habitación y luego en el resto del apartamento. Según ella, le había dado la queja al conserje del edificio pero éste se hacía de la vista gorda. Me alarmé aún más y, de su casa, llamamos a la policía.
Cuando llegaron, le dije al agente que yo era novia de Ramón, que nos habíamos peleado y que no sabía nada de él desde hacía dos semanas. El conserje, finalmente, tomó cartas en el asunto y, gracias a él, entramos al apartamento.
Al instante, la nausea nos asaltó. El conserje no aguantó el olor a cadáver. Antes de que los policías pudieran impedírmelo, corrí a la habitación de Ramón pero no la pude abrir. Se hallaba clausurada con tablas y clavos. Entonces traté con la puerta de la habitación de su madre y todo fue igual. Peor, además de las tablas, Ramón la aseguró con una mesita y un par de sillas escalonadas. Mientras, los uniformados observaban, con aberración, las peceras llenas de agua sucia y peces muertos; en la cocina, esqueletos de espinas bullentes de moscas. Más peceras, más sangre, más repugnancia, más hedor y putrefacción.
De repente, la nausea, la preocupación y la culpa se apoderaron de mi vientre y vomité todo lo que llevaba dentro. Me tiré al piso de rodillas y sentí la alfombra mojada, mugrienta. Entonces me levanté y me dirigí hasta el armario para buscar con qué limpiarme. Cuando lo abrí, mi primer instinto fue gritar, pero no pude. Me quedé muda de los pies al firmamento. Sólo pude ver. Sólo pude verlo. ¡Verlos¡ Ellos también me miraban. Ramón, sin reproche, sin amor, sin entusiasmo; su pez, sin agresión, sin miedo, sin duda. Ramón se encontraba metido en una pecera. Aunque cabía perfectamente en aquel cubo de vidrio, tenía las piernas dobladas, rodeadas por sus brazos. Su pecera estaba sucia, sin agua (como la había visto aquel día en su cuarto) y de alguna forma la había añadido a la otra pecera, a la gigantesca, a la pecera de su Arapaima, la que ahora ocupaba ambas habitaciones, la que ahora era ambos cuartos. Ramón estaba allí mirándome, de espaldas a su pez. El pez de Ramón también me miraba.

Kianny Antigua



Kianny Nioveling Antigua. Catedrática y escritora. Nació en San Francisco de Macorís, República Dominicana, en 1979. Obtiene un técnico en administración de empresas en Fiorello LaGuardia Community College. Consecuentemente, se gradúa Summa Cum Laude con una licenciatura y una maestría en literatura hispánica de la universidad The City College of New York en 2005 y 2008 respectivamente.

Libros:

9 Iris y otros malditos cuentos (2010)
El expreso (2004)

Premios:

 Mención de honor, Premio Joven de Cuento Feria del Libro
     "Principio de incertidumbre" (2012)
Mención de honor, Premio Joven de Cuento Feria del Libro
    "La corona" (2012)
 2º lugar, Premio de Cuento “Juan Bosch”, FUNGLODE 
    "Downtown" (2011)
 Mención de honor, Premio de Cuento “Juan Bosch”, FUNGLODE
    "English Session II, en español" (2011)
 Mención de honor, Premio de Cuento “Juan Bosch”, FUNGLODE
    "El desyerbe" (2010)
 Mención de honor, Vendimia Primera “Virgilio Díaz Grullón” 
    "De tal astilla, tal palo" (2000)

Antologías/Textos:

Colección. Premios FUNGLODE-GFDD 2011 Cuento (2012)
Máscaras errantes. Antología de dramaturgos dominicanos en los EE.UU. (2011)
Nostalgias de arena. Antología de escritores de las comunidades dominicanas en los EE.UU. (2011)
Mujeres de Palabra: Poética y Antología (2010)
Onde, Farfalla e Aroma di Caffe (2005)
Conexiones 3ª ed (2005)
27 cuentistas hispanos (2004)

Revistas:

 Enclave I
 Trazos 
 MediaIsla.net
 El Cid


Correo electrónico: keaa98@yahoo.com

domingo, 11 de abril de 2010

Quiero ser mujer no fragmentada y otros poemas

(Merello: mujer con claveles)

Por Yrene Santos


Llegó la hora de la verdad
y no estamos solas
nos acompaña Ondina
para limpiar nuestra memoria
Las palabras serán precisas
como hemos deseado
No estamos solas / no
está Yemayá / Ochún
para hacernos beber su historia
Están los niños
creciendo con la dicha
Están los hombres
dándose la vuelta y apoyándonos
Están las ancianas recordando
con sus bocas desdentadas
y sus risas como ángeles
Están buscando sueños
en este espacio
que es de ellas
de nosotras
para siempre.


Quiero ser mujer no fragmentada
gritar sin miedo la respuesta
que hace tiempo sé
y he callado
maquillarme la piel con palabras
que los poros revienten rebeldes
y amarme más.
Quiero ser araña
mariposa
ponerle alas al mar
y traerlo conmigo.


Ella se levantó temprano
abrazó el día con sus ojos anchos
pidió perdón al aire al agua
al fuego a la tierra
aún era posible esa palabra
si viene llena de amor
rompiendo los huesos del alma
Ella
dolida en el minuto
no se acostumbró al eco del reproche
le dolía el dolor…
“Cosas pasajeras ―dijo de repente―
no impedirán los sueños
que construyen a diario mi paz”.


De rumba me voy
con el sí (posiblemente acordado)
allá me espera quien sabes
la palabra que por años
me provee esta felicidad en el papel
en la pared manchada de grafitis
en las bolsas del supermercado...
Ya sabes… así soy
un poco loca
la sensatez desgarra las horas
la seriedad en los rostros
mortifica el esplendor de mi risa
de niña he sido aspaventosa
quién creería en estos miedos de ahora
estas palpitaciones frente al público
estas ganas de que la tierra me trague
con su boca grande
mojada de siglos
Quién creería en mis insomnios
a los que espero con la brazos abiertos
mis unas pálidas
y mis ojos agonizantes
De rumba me voy
habrá de todo
merengue con sabor a Cibao
boleros de Beltrán
perico ripiao
bachatas llorando en el suelo…
pero sobre todo
estaremos nosotros
los de entonces
los de antes
los que llegarán sin ser vistos
mientras las líneas extenderán su vuelo
el dolor calando en las esquinas
su sabor al sentirme plena
al sentirme entendida
alocada o profundamente dormida
porque en el sueño me volví POESÍA.


Resolución
Caminos ignotos
recorre el señor
viejo de sueños
memoria bifurcada en dos
Camina con los ojos del tiempo
y no sabe si reír
llorar
o ninguna de las dos
tal vez sería la solución perfecta
empezar de nuevo
sin los miedos constantes
levantar la voz desde las vísceras
jugar a la sapiencia
arrepentirse de lo que creyó un error
inclinar la mirada hacia el infinito
buscar un camino nuevo
lleno de fe
de voluntad
encontrarse consigo mismo
con el que fue antes y que un día olvidó.

lunes, 5 de abril de 2010

Los malvados

(Pintura: Jimmy Valdez)



Por Santiago Campo Gutiérrez



Esta mañana, cuando leía el diario con­centré mi atención en un relato policial de sólo tres párrafos. Se refería a un hombre de configuración robusta, a quien ha­bían encontrado muerto entre cartones y chatarras en un parquecito de Jennings Street y Vyse Avenue. Conforme a la reseña, el pobre hombre llevaba en el bolsillo unos cuatrocientos ochenta dólares, y como se estila en esta clase de noticia, decía que la policía había iniciado una investigación.
Era una crónica irrelevante, pues aunque hablaba de un crimen horrendo, la víctima había sido, como quien dice, nadie, tan nadie que sólo era conocido por un terrible apodo. Mas, hubo algo ―quizá la nota completa― que revolvió mi memoria:
Hace muchos años, cuando yo era un adolescente, conocí a un sujeto parecido al que describía la noticia. Se llamaba o se hacía llamar Hog, y lo vi, por primera vez, una noche calurosa de junio, exactamente en Jennings Street y Vyse Avenue, en un parquecito. Luz Celenia, mi prima, que en paz descanse, me llevó allí y me habló de Hog. No abundó en detalles, pero lo que me dijo fue suficiente para que supiera que Hog ofrecía una buena diversión por unos cuantos dólares.
Claro, rápidamente pensé que mi prima ha­blaba de un payaso o de uno de los tantos perdedores que medran en las grandes ciudades. No obstante, una especie de curiosidad ―ahora me parece que fue maligna― me obligó a esperar la llegada de Hog al parque, localizado frente a ruinas de casas residenciales. Una muchedumbre reunida allí, entre etílico y música ruidosa, parecía, más que eufórica, arrebatada. Pero en fin, como todos los personajes de su índole, Hog apareció de repente. Llamaba la atención por su enorme estatura, porque el lado izquierdo de su zapato derecho era el primero en desgastarse, porque su mano derecha no tenía meñique, y porque su rostro mostraba unos ojos neutros y grandes, una larga nariz terminada en aletas pequeñas y una situación corporal tan conmovedora como la de un guerrero abatido.
"Es Hog, el moreno", había susurrado mi prima. A unos pasos de donde estábamos, el grupo celebró la llegada de aquel hombre con un coro de risa. "Aquí está Hog", había gritado un muchacho.
Hog, quien solía charlar cuando estaba cerca del grupo, aquella vez guardó silencio. Luz Celenia me había dicho que esta actitud era el preámbulo de un espectáculo, por­que a Hog le gustaba solemnizar los actos que podían suministrarle beneficio.
Y en efecto ―algunos minutos después―, Hog, de modo intempestivo, dice ―Acepto que me peguen bofetadas. ¿Quién me paga un dólar por cada una?
Hubo otro coro de risa. "La primera parte del espectáculo", susurra mi prima.
Rápidamente la mayoría se agrupa alrededor de Hog. Alguien le dice que se agache. Creo, si mal no recuerdo, que fue un muchacho de tez morena, de tamaño regular, extremadamente flaco, rostro enfermizo, mirada languida. Lo llamaban o le llaman Holy. El, Holy, saca un fajo de billetes.
―Unos cuantos de estos serán para ti, ­pero no quiero maltratar mis manos.
―Dame con esto ―grita Hog, mientras saca, de uno de sus enormes bolsillos, una pieza de madera delgada, pero resistente. Se la entrega al alfeñique. Luego añade: ―No me pegues... en el lado derecho. Tampoco en los oídos. Recuérdalo ―dijo a modo de adver­tencia― un dólar por cada tablazo.
Holy tomó la tabla y se inclinó para golpear con energía. Hubo un silencio. Hog ladeó la cabeza y ofreció, en un gesto aquiescente, su mejilla izquierda. Sonó el primer tablazo. La cara de Hog cambió de color. No emitió ningún quejido. Mas bien, con cierta naturalidad, dijo:
―Un dólar, coño.
Luego sonaron el segundo, tercero, cuarto y quinto golpe. Hog perdía la cuenta; Holy se animaba ante el ros­tro escarnecido y Hog exclamaba: "Otro dólar, carajo! ", en tanto el grupo reía, ingería cerveza o fumaba marihuana.
A mi corta edad me sentí tan asqueado que abandoné aquel lugar. No podía concebir que la miseria humana pudiera llevar a un hombre a una situación tan degradante. Claro, muy pronto habría de encontrarme con Hog nueva­mente. Volví a verle dos meses después.
Ocurrió en pleno verano, una madrugada tan calurosa que hasta el hígado nos hubiera secado. Yo había acompañado a mi prima a realizar un negocio urgente (así había dicho ella) en el mismo parquecito de Jennings y Vyse.
Durante los días en que yo había rehusado vol­ver allí supe que Hog había sido un ejecutivo de Wall Street, egresado de una de las más prestigiosas universidades del mundo. También supe que frecuentaba los ambientes artísticos y que fue allí donde su vida empezó a deteriorarse, entre anfetaminas, barbitúricos y me­tacualonas. Lo que nadie me dijo fue que Hog se había convertido ahora en algo menos que un guiñapo.
En el lugar todo continuaba igual, con la di­ferencia de que Holy ya no ostentaba el lideraz­go del grupo. Un tal Ventura, de nariz cha­ta y ojos saltones, se jactaba de ser el más pícaro y bromista. Yo me distraía mirando al tal Ventura, cuando, de modo imprevisto, veo que se incorpora la figura de Hog, quien dormitaba al pie de una pérgola; veo que empieza a caminar pesadamente hasta acercarse al grupo; veo que pasa ante mí y rápido advierto que está gastado y rengo, que lleva inflamado el lado derecho de su cara, que sus dedos están llenos de nódulos y presentan un aspecto redondo y fusiforme, como si hubieran sido afectados por artritis reumatoide. Observo, además, que le brillan los ojos mientras se quita la camisa y saca de su bolsillo un cinturón de cuero y dice que por cada dólar soportaría un fuetazo. Apenas le miraron. Mi prima conversaba con el tal Ventura acerca de unas benzedrinas. Hog cruzó la calle y volvió al parque. Levantó un pesado bate de aluminio. Regresó hasta donde estaba el grupo.
―Cinco dólares ―dijo― por cada batazo.
En modo alguno resultaba asombrosa esta oferta, a pesar de que era la primera vez que Hog la pregonaba. En otras ocasiones, cuando Holy o cualquiera de los otros muchachos lo llenaban de bofetadas o varazos, a veces le pedían que buscara un objeto pesado para darle una golpiza que pudiera producir más alegría. Ahora la cosa parecía más seria. Ventura se había apartado del grupo.
―Está bien, muchacho ―había dicho Ventura, engolando la voz―, te ganarás sesenta dólares
El grupo estaba situado cerca de una bodega cuya vidriera permitía ver latas amarillas, dentífricos y alcanfor. Hog se colocó frente al escaparate, y apoyo sus manos y cabeza del bastidor que soportaba una de las vidriera. Dijo:
―Sólo por las nalgas.
Todos se ubicaron en lugares claves para dis­frutar del espectáculo. El tal Ventura se puso en guardia. Hog le había entregado el bate de alumi­nio. Ventura respiró profundo y se inclinó un poco. Asestó un golpe seco y pre­ciso. A Hog se le descompuso el rostro. Se estremeció, pero volvió a la postura anterior, calmado, solemne, lleno de orgullo, esperando el siguiente golpe.
―Rómpeme el trasero, yo sí que sé ga­nar dinero! ―gritó.
Exacerbado por los gritos de Hog, a Ventura le brillan los ojos; ríe sin parar; echa baba, suda, golpea una y otra vez. Hog se dobla, se desquebraja la vidriera; la algarabía crece. Hog queda inerte entre latas amari­llas, alcanfor y dentífricos.
En uno de los bol­sillos del pantalón de Hog, Ventura mete más de cincuenta dólares.
Aquella vez me alejé del lugar y nunca más volví a saber de Hog.
Ahora, muchos años después de aquel episodio sólo me resta recordar que la realidad es, algunas veces, terriblemente armoniosa y prácticamente anacrónica: La nota policial ter­mina diciendo que al hombre le habían inferido cuarenta y ocho puñaladas. El apodo indigno que llevaba, me gustaría olvidarlo.